Nada hacía presagiar que Borja dedicaría su vida al culto al cuerpo, y más aún, que acabaría siendo campeón del mundo “amateur” de culturismo. Quién se lo iba a decir a él o a sus padres –médicos de profesión– que aquel niño que tantas salas de especialistas visitaba hasta que por fin le fue diagnosticada una dolencia cardiovascular –su caja torácica era demasiado pequeña–, terminaría cultivando su anatomía al límite.