Los botellones con decenas de miles de jóvenes –estudiantes o no– en Barcelona saltándose cualquier regla sanitaria y toda norma de sentido común no es sino una de las facetas del problema que afecta a esa generación y que la pandemia ha agravado. Se trata de la más aireada, sin duda, pero no la única. Llevábamos ya tiempo con cifras del paro, por ejemplo, que alcanzan a más de la mitad de los jóvenes en edad y con voluntad de trabajar. Leí hace poco en una edición digital la noticia de que el número de los jóvenes de Baleares que quieren emanciparse y no pueden hacerlo se dispara a causa de los precios de la vivienda. No creo que sea solo un efecto local; la suma de falta de trabajo y alquileres por las nubes es común en toda España. Y conduce hacia un callejón sin salida que sólo acertamos a lamentar.